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Relatos eróticos > No consentido

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<< Mi deseo hecho realidad Ahora me cogieron en el cine >>

Me manosearon en el metro
Autor: anómimo - Categoría: No consentido

Mi nombre es Jazmín Juárez Gutiérrez, deseo relatar lo que en una ocasión me ocurrió y cambió mi sexualidad de manera drástica. Antes que nada debo describirme y decirles que soy aproximadamente de 1.55 mts., morena, simpática, delgada pero con pechos pequeños pero firmes, caderas acordes a mi estatura y unas nalgas que me dicen que están muy sabrosas, eso sí tengo mucha cola Hace aproximadamente unos cinco años atrás, cuando entre a trabajar en mi actual trabajo de demostradora y edecan, vivíamos en el norte de la ciudad, cercanos al Estado de México, por eso tenía que trasladarme en el camión y metro. Generalmente llegaba a Indios Verdes después de un trayecto de cerca de me día hora en camión.

Esa vez se me estaba haciendo tarde y para no llegar más retrasada aborde en el vagón que pude, no alcance el de mujeres. Al principio iba un poco apretado el vagón pero resistible para mi humanidad. Iba vestida con mi uniforme, falda negra, blusa blanca y saco gris. Usualmente uso la falda a la altura arriba de la rodilla pero a veces por la necesidad de la promoción debe ser un poco más corta, y ese día era así y no muy justa porque a mi esposo no le gusta.

Después de tres estaciones iba más lleno el convoy y al llegar a la Raza podía sentir como insistentemente una mano pasaba por mis nalgas, había levantado discretamente un poco mi saco para acariciarme, y disimuladamente de vez en ves se posaba en ellas, rozando mis piernas y recorriendo mi anatomía con movimientos circulares, no alcanzaba a ver quien era el que me tocaba así, trataba de moverme de ahí pero no pude, así que tuve que tratar de esquivar esas caricias clandestinas.

Para llegar a las dos siguientes estaciones se demoró el metro cerca de diez minutos por lo cual se empezó a llenar más el convoy, sintiendo como me apretaban contra los pasajeros de atrás, aprovechando eso ya no sentía una mano, ahora eran dos las que se atrevían a acariciarme, pero sin descararse. Creo que mi cara era de desesperación por no saber que hacer y me comencé a poner roja y a sudar, aparte del calor que hacía en el metro.

Avanzamos y las caricias se hacían más audaces, empezaban a recorrer mis nalgas por arriba de la falda con más insistencia, me recorrían los pliegues de mi pantaleta, subiendo y bajando por los bordes, empujando poco a poco mi cuerpo con sus caricias hacia delante, incluso una de esas manos se apoyo en mi pierna sobándome mi muslo, primero por arriba de la falda y después alargándose hasta tocar mi piel, dejando ahí su mano y sintiendo su calor.

Lo único que pude hacer fue apretar mi bolsa contra mi pecho con mis dos manos, y ante mi nula resistencia me seguían manoseando mis nalguitas, hasta ese día y desde que me case nadie más que mi esposo me había tocado así.

Cando llegamos a Guerrero la estación era un desastre, había mucha gente en el anden y al abrirse las puertas la multitud de afuera se nos abalanzo hacía adentro y entre esos apretujones una de las manos que me acariciaba me apretó la nalga derecha y me la sobaba con descaro, apoderándose de mi trasero, hundiendo sus dedos en mi carne protegida sólo por mi ropa, mientras que otra mano también me apretó la nalga izquierda, el manoseo era inevitable, mi estatura y los empujones no me dieron oportunidad de hacer mucho y tuve que poner mi brazo a la altura de mi pecho para evitar ser aplastada, parecían horas pero fueron segundos de intenso ajetreo, mientras que mis nalgas recibían trato especial de dos desconocidos que se deleitaban tocándome el culo a su antojo.

Al cerrarse las puertas el apretón fue mayor y al avanzar una de esas manos se metió por debajo de mi falda y me estaba acariciando sobre la pantaleta, y de pronto ya no era una sola fueron tres las que por debajo de mi falda me tocaban insistentemente, un tipo que iba a mi lado y de frente al notar que yo no protestaba por el singular manoseo de mi trasero y complaciente con su mano derecha se introdujo bajo mi falda y comenzó a tocar mi cosita.

Abrí los ojos y volteaba para todos lados tratando de que alguien me auxiliara, pero nadie había, puras personas de rostros fríos e inexpresivos que iban ahí. Introdujo sus dedos por un costado de mi pantaleta un me empezó a tocar mi cosita, y los de atrás ya trataban de meter un dedo en mi ano pero lo aprete y eso basto para que sintiera como me jalaban mi pantaleta y ésta casi resbalara por mis piernas.

Ya me encontraba húmeda y creo que un poco excitada. Tenía cuatro manos por debajo de mi falda satisfaciendo sus deseos sexuales reprimidos, manoseando a una desconocida que no ponía resistencia, los apretones en mis nalgas eran más duros y atrevidos, me acariciaban a tres manos o quizá más, no se, y al enfrenarse súbitamente el metro y sentí como un tipo se ponía justo detrás de mi y me repegaba su pene erecto, caliente en mis nalgas, empujando su cuerpo contra el mío para hacerme sentir el esplendor de su verga erecta y firme, era una erección tremenda, yo creo que ni con su esposa el tipo ese había tenido semejante parada de verga, por eso me acomodo en el justo medio para poder sentir esos empujones de verga en mi cola, estaba desean que acabara pero también que me pusiera su pene desnudo entre mis nalgas, ahí justo delante de todos, si me lo hubiera hecho me habría hecho venirme, con sus repegones imaginaba que me estaba dando verga por el culo, que me estaba enculando, que me estaban cogiendo como a una perra, como una puta, realmente deseaba que me llenaran con semen, semen de otro macho.

Avanzo y antes de llegar a Hidalgo un señor acercó su brazo a la altura de mis senos y “accidentalmente” se apoyaba para sentirlos, no los podía tocar pero posaba las yemas de sus dedos sobre mis pechos, ya para ese entonces el manoseo estaba en su punto candente, yo me sentía sin calzones, con la vagina húmeda, con un pene entre mis nalgas, con una mano insistente tocándome la vagina, un tipo tratando de sobar mis tetas, era de locura.

Si mi marido me hubiera visto pensaría que era una puta, y en realidad lo era en ese momento, en ese lugar, si me hubieran cogido ahí en el vagón, no hubiera puesto resistencia porque ya estaba muy caliente, por eso cuando llegamos a Hidalgo salieron muchos pero no me moví para no dejar de sentir y entraron más pasajeros, no me importo seguir sintiendo esos empujones en mis nalgas, la excitación me embargaba, imaginaba que era la mujer perfecta para cualquier hombre, que me deseaban, que destilaba sexo por mis poros, yo misma me hubiera quitado los calzones y hubiera pedido a gritos verga, mientras más sucio fuera el tipo mejor, más puerca me hacía sentir, por eso cuando el de al lado se masturbo delante de mi, tapándose con su periódico y salpicando su semen en mi falda no me importó por desgracia no lo echo en mis piernas, hubiera sido delicioso.

Tenía que bajar en Balderas, así que me acomode para salir, me dieron la última cachondeada, le pregunte al de enfrente que si bajaba en la siguiente echando mis nalgas hacia atrás, lo que permitió que me tocaran el culo al antojo de quien quisiera, poco falto para que empezara a bajar cierres y masturbar a cuanto hombre me lo pidiera, si me hubieran obligado a tener sexo hubiera tenido como diez orgasmos; en ese momento hubiera mamado todos aquellos penes que me ofrecieran, hubiera dejado que me tocaran todo mi cuerpo, que chuparan mi cosita, que me metieran los dedos en mi culito, que me chuparan mis pezones, me hubiera dejado someter por todos o uno por uno, desebaba que me llevaran al fondo del vagón, que me desnudaran y que me sometieran todos, que me dieran por todos los orificios de mi cuerpo, que me llenaran de semen la cara, mis manos, mis senos, mi boca, pero nada de eso paso y la cachondeada que me estaban dando sólo me calentó y llegamos y me baje discretamente el saco y acomode mi falda, antes de bajar sentí un manoseo impresionante, una gran cantidad de manos se apoderaron de mis nalgas, me acariciaban desesperadamente, lo que sentí fue como una mano introdujo algo en la bolsa derecha de mi saco. Cuando bajamos no quise voltear a ver a nadie para no perder el encanto del anonimato. Cuando revise mi pantaleta estaba húmeda y olía a semen, alguien se había masturbado y me había salpicado.

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